PASAR FACTURA.

Pasar factura” es parte de nuestra cultura emocional y es una extendida práctica en todo tipo de vínculos.

Aprendemos a pasar factura desde chicos, con amigos, con el ejemplo de la vida política, con los afectos familiares, con la pareja… Ese temprano aprendizaje se produce viendo cómo interactúan muchos mayores que manejan las situaciones emocionales de manera contable, acumulando deudas que hacen difícil liberar el hoy de lo acontecido ayer.

Viejas heridas y rencores añejos, alguna deuda emocional que hoy se desea cobrar con intereses de usura, algo que debiera haberse hecho y no se hizo en su momento… Los ejemplos abundan y todos tendrán algunos para aportar al listado. Nuestra vida de relación se empobrece cuando actuamos así porque pasando factura no existe presente y eso torna estéril todo momento compartido en el hoy.

Sean del tipo que fueren, las facturas duelen. Esto se ve en las relaciones de pareja, cuando las facturas acumuladas se agazapan, acechan,  arruinando momentos a mansalva.

Es difícil entregarse a la emoción si sabemos que alguna factura puede llegar en clave de queja, de evocación de escena pasada, de ofensa… No se puede confiar en el presente si en él se intuyen fuerzas ocultas que, a veces de manera arbitraria, emergen sin piedad a cobrar lo incobrable.

Las autopsias psicológicas de las parejas quebradas indican alto grado de facturación acumulada. Los rastros de los viejos rencores, de las palabras de reproche, de afrentas rumiadas hasta el infinito se perciben en el análisis de los despojos de amores que han quedado en el camino.

Un vinito amable, compartido bajo la luz de la luna, puede ser inquietante y nada romántico si la pareja ha instaurado la “factura interruptora”. Ejemplo: “Ayer estaba triste, pero no te diste cuenta… como siempre”, o “Es muy lindo todo, lástima que siempre les das más bolilla a los chicos que a nuestra relación”. Como se ve, un bajón aguafiestas que llena de frustración, de  rabia a todos los involucrados.

Este tipo de facturas son de imposible cobro y pago, por lo que solo sirven para hacerse malasangre. Creyendo que nos hace bien “descargarlas”, en realidad, las facturas nos “sobrecargan” por la frustración derivada de arruinar el presente con demandas que ya no van.

No significa que debamos estar siempre libres de todo pendiente emocional. Es normal que nos queden dolores, bronquitas o tormentas prestas a estallar en cualquier momento. Pero la facturación crónica no es la manera más eficaz de sacarse esos entripados de encima.

Conversar diciendo lo que se siente, por ejemplo, no es lo mismo que pasar factura. La conversación permite evaluar la buena o mala fe del otro, ponerse en contacto con él o ella y no solo traer escenas desde el desván de los reproches. A la vez, entrenarse en expresar sentimientos, en vez de acumularlos, es algo interesante para mantener despejadas las arterias del vínculo.

Cada tanto, un jubileo, un perdón, un blanqueo que ayude a soltar lo que hay que soltar no vienen mal. Sobre todo, si hay situaciones que, una vez acontecidas, no se reiteran de manera sistemática, por lo que no tiene sentido andar cargando reproches por ahí.

El tema ofrece muchas aristas y complejidades, pero algo queda claro: vale la pena dejar de lado el paradigma contable en las relaciones humanas, para que el presente vuelva a tener sentido y nos permita reparar lo reparable, seguir el camino lo más livianos posible.

Mujeres…a romper las facturas, rechazando las ya vencidas!!!

(Alicia Rodriguez)

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