
No es una palabra muy común, pero últimamente la hemos escuchado en mas de una oportunidad. Es derivada de «pobre» y pretende definir un nuevo sistema político y social basado en que todos los hombres y mujeres tienen que lograr un estado de bienestar igualitario.
Para conseguir esto interviene el Estado en su rol de ordenador social y aplica el pobrismo. O sea, igualar sí, pero hacia abajo y no hacia arriba diciendo, lo que no es verdad revelada, que en la pobreza está la dignidad, la honestidad, etc etc. La pobreza tiene todas las virtudes y defectos de cualquier otro entorno social.
Como consecuencia de este accionar prebendario, la sociedad queda sujeta a los deseos de sus gobernantes pues su supervivencia depende ya no de ellos mismos sino de un estado benefactor. En ese momento se desmorona la democracia.
El esfuerzo y sacrificio para obtener por mérito un beneficio que mejore el bienestar de cada uno queda anulado porque, supuestamente, el mismo beneficio se consigue con la teoría del «pobrismo».
Desaparece aquello, entonces, de «ganarás el pan con el sudor de tu frente» que convierte al hombre en artífice de su destino venturoso para ser un simple recibidor de mejoras y utilidades sin esfuerzo ninguno. Pero, ¿ para tan poco creó Dios al hombre ?¿Qué ocurre en nuestro país ? Analicemos. En los últimos años se han creado cantidades de los llamados «planes sociales «. ¿ En qué consisten ? En otorgar cierta cantidad de subvenciones y ayudas a aquellos que por su difícil situación social no llegan a cubrir sus necesidades básicas.
En principio podemos llegar a decir: está bien. Tienen que ayudarlos. Lo necesitan.
Pero ¿que hubiera sido lo esperado? Que a esta altura de su vida, los beneficiarios, lo hubieran logrado por sus propios medios . Para eso la mejor ayuda del Estado tendría que haber sido brindarles a todos la posibilidad de un trabajo auténtico. Ya lo dice Martín Fierro: «Debe trabajar el hombre – para ganarse su pan – pues la miseria en su afán – de perseguir de mil modos – llama a la puerta de todos – y entra en las del haragán «. Fabuloso Martín Fierro.
¿ Hay algún ejemplo de lo antedicho ? Si, la obra del argentino Pedro Opeka, sacerdote católico, misionero en Madagascar que como muestra perfecta de su labor dice: «Junto con el amor, el respeto y la oración, mi propuesta tiene tres pilares que son la educación, el trabajo y la disciplina.»
Miguel Ángel Niccolini