THAMES. Relatos de pueblo II.

No siempre que iniciamos un nuevo día tenemos ganas de hacer lo que quizás estamos postergando, algo que hace mucho, mucho tiempo nos lo hemos propuesto, pero, el tiempo pasa y lo dejamos para mañana y que por supuesto ese mañana parece que nunca llega ,hasta que decidimos ponerle fin a nuestra indolencia y nos sentamos en nuestra mesa de trabajo a comenzar a darle al “piano”de nuestra computadora y solamente pensar y retrotraernos en los años , dejar que las postales de los días pasados vaguen por nuestra mente , libres , como si fueran un collar de cuentas apenas hilvanadas donde los espacios están demasiados separados unos de otros , representando el olvido de momentos vividos y que nuestra memoria se niega a rescatar. P.G.

UN DÍA DE MI NIÑEZ por Pedro González.

Al transcurrir los años vemos que el tiempo se nos agota en la vida terrenal, es cuando comenzamos a pensar que todo lo pasado fue mejor o mas lindo. Nos trasladamos cincuenta y siete años atrás, y nos vemos calcados en una postal borrosa pero hermosa a la vez. Así fue un día de mi niñez. Generalmente nos levantábamos temprano( a la fuerza compañero) o la escuela en invierno o el tambo en vacaciones, pantalón corto o mameluco verde oliva alpargatas con agujeros en el dedo gordo( no había para nuevas) La primer actividad un desayuno de “café” de cebada tostada, con leche y galleta dura, ir al tambo y ordeñar las tres vacas que me correspondían a mi que por ser el mas chico de los tamberos de la casa, eran las mas blandas y mansas, claro que nunca faltaba alguna que de una patada me tirara el tarro de leche al “carajo”.Luego atar el sulky y llevar la leche a la fabrica de quesos, las vacas se largaban a comer a la calle y había que controlarlas que no se fueran muy lejos, en ese lapso que duraba hasta las cuatro de la tarde iniciábamos nuestros juegos, a la pelota … generalmente de trapo con los vecinos de la fabrica reñidísimos picados, todo en canchas imaginarias que marcábamos con alguna bosta de vaca en una quinta rosada de flor de alfilerillo, compartir con Pocho nuestro mejor amigo hasta hoy y luego gomera al cuello y con los bolsillos llenos de piedras traer las vacas para encerrar los terneros para el tambo del día siguiente; guayyyyyyyy de animalejo que se nos cruzara con Orlando mi hermano y Pocho éramos un endiablado ejercito de honderos muy certeros. Luego de este ultimo trabajo un mate cocido con galleta dura, estudiar si había que hacerlo, llenar de agua la bebida para los animales , aprovechar la luz diurna que nos quedaba para batallar nuevamente con nuestras gomeras en los árboles de caldén que había alrededor de las quintas donde abundaban las avecillas ya condenada por tres expertos diablillos. Llegaba la noche Pocho se iba a su casa y nosotros luego de la cena a descansar después de un día agotador pero provechoso.

QUE HERMOSO ERA TODO AQUELLO

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